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Mundo Grúa

Miércoles 8 de octubre de 2014 | 09:45

Rulo no se sintió cómodo con esas palabras y pensó para sí “Qué carajo me irán a pedir”, pero con la UOM no se jodía; se despidió del Tano y subió a la cabina de la grúa a tomar su turno.

No era que ese trabajo lo fascinara, pero tanto tiempo en esa cabina que colgaba del techo del galpón y que recorría entre los rieles a lo largo del mismo los turnos de ocho horas rotativos, cada día, cada mes, cada año trabajado, eran parte de su vida, aunque la cotidiana monotonía lo siguiera matando de a poco, sin que se diera cuenta de las cosas que estaban pasando en una realidad que no entendía. Después de todo la Dálmine sólo le exigía cumplir estrictamente con su trabajo, y ahora que las cosas parecía que cambiarían, más.

Mientras, él seguía con su habitual trajinar de acarreo de toneladas de hierro, de chatarra, para ser volcadas en las fauces de un horno que escupía infiernos a los que se había habituado en la acería. Claro que se conformaba pensando en que el turno de 9 a 5 era tranquilo: el supervisor era amigo y los compañeros lo eran más allá del trabajo; asado o mate de por medio eran parte del ritual fabriquero que se prolongaba cada tanto en el club.

A eso de las dos de la mañana cayó el Tano: “Vos arrimá hasta la entrada del medio del galpón y esperá que yo te indique desde abajo qué hacer”, le dijo. El Tano conocía el oficio de gruista, por lo que las señas para que maniobrara para él eran pan comido. Lo que le llamó la atención fue que los del turno habían comenzado a retirarse: quedaron él, el supervisor y el Tano en todo el galpón.

Tipo dos y media entraron cuatro camiones que parecían del ejército, o al menos eso era lo que alcanzaba a ver desde la cabina de la grúa; tenían la caja cubierta con lonas y de ahí entraron a bajar soldados armados con fusiles y se veía a dos jetones, que serían oficiales, que movían los brazos y les indicaban a los colimbas que fueran a distintos puntos del galpón.

Sacaron las lonas…

A Rulo parecía que las manos se le fundían sobre las palancas de control de la grúa. Estaba tieso, con la mirada fija en los camiones…

Cuerpos de personas, apilados, se veían como muñecos desarticulados desde arriba; todos amontonados en uno, dos, tres, cuatro camiones…

Los empezaron a descargar y a poner sobre unas planchadas de acero que habían dejado los del otro turno. El Tano le indicó: “Arrimá…”.

No podía.

“¡Arrimá, carajo, arrimá…!”, le decía gesticulando y gritando.

Arrimó.

El supervisor y el Tano aseguraron las cadenas de la grúa a las “lingas” que estaban en los extremos de las planchadas.

“Subí y llevá hasta la entrada del horno”, indicó el Tano.

La grúa recorría el trecho del galpón al horno, lenta y atenuadamente ruidosa, para dejar su carga dónde le indicaron.

Si Rulo hubiera estado más cerca, habría visto como en el recorrido brazos y piernas pendían de los bordes de las planchadas, y los cuerpos, yermos, se teñían de su propia sangre, junto a rostros con muecas eternas, ojos de pupilas asombradas, sin párpados que cerrarán jamás ningún capítulo de esta vida…

Volvió a cargar otra planchada. Y otra. Y otra…

Los vómitos de fuego del horno apenas se inquietaron con esa ofrenda del horror…A las cuatro y media, el Tano le dijo “Cortá”, moviendo la mano derecha de plano, a la altura de la yugular.

Bajó de la cabina.

“De esto, morí mudo, ¿me entendés?. ¡Morí mudo!…Mirá que estos tipos no joden y la podés pasar muy mal…”, vociferaba el Tano, mientras a él parecía que se consumía, que se le achicaba el cuerpo; le dolían hasta las yemas de los dedos.

Asintió con la cabeza gacha.

Los jetones empezaron a dar órdenes y a rejuntar colimbas que iban subiendo a los camiones. Se fueron.

Hoy era el día.

Rulo, con años a cuesta, declaraba como testigo en el juzgado federal. Nunca pudo olvidar ese turno de 9 a 5 del otoño de 1976 en la acería…

*Este texto fue publicado originalmente en el sitio Enlace Crítico de Zárate







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