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Rugbiers: comámonos a los caníbales

Una horda de pibes bien, musculosos, jóvenes, bronceados y con las mejores pilchas, golpea hasta matar a un muchacho al que le gritan “negro de mierda”. Un crimen cobarde y monstruoso que desnudó la doble vara de los apologistas penitenciarios de siempre y develó a un “punitivismo progresista” peligroso y revanchista. El que gana es el poder del Estado como Leviatán. Y eso será usado contra los de abajo.

Jueves 6 de febrero | 09:28

Diez pibes se sacan fotos, traban los músculos, ostentan su musculatura. Tienen todos los privilegios sociales, culturales y de género posibles. Son chicos de clase alta o media alta, blancos, heterosexuales, con cuerpos hegemónicos. La empatía yace tabicada en algún lugar recóndito de sus cabezas.

Pegan. Planifican pegar. Toman colectivos, viajan cientos de kilómetros y alquilan casas en la costa para pegar.

Su orgullo de clase poseedora, el machismo de un ambiente medieval y ovalado, el desprecio por lo otro, por el pobre, por la mina, por el paraguayo, los habilita, los invita, casi que los empuja a pegar. Y lo hacen hasta matar a Fernando.

Un crimen clasista, racista y reaccionario, sin atenuantes

No hay atenuante alguno: lo asesinan gritando “matalo al negro”. Le pegan por negro, por pobre. Son profundamente clasistas. Hacen, con sus físicos, una barrera para que amigos o personas ajenas no puedan acceder y auxiliar a Fernando. Tienen saña. Filman mientras pegan y solo frenan para sumarse a pegar al negro. Escriben, luego, “no mencionemos en el grupo de whattsapp que lo matamos”. Algunos de ellos van a comer una hamburguesa. Mastican la carne de una hamburguesa mientras Fernando culmina su vida y mientras en las pantallas de los teléfonos titila el mensaje llamando a no mencionar que lo mataron. Le ponen aderezos a sus hamburguesas.

El crimen brutal de Fernando corta el tórrido aire de un verano imposible y corta también una racha de impunidad y desinterés social frente a hechos similares, que siempre nacen acompañados por comunicados anodinos y cómplices de clubes que avalan (bah, que encumbran) el derecho al desprecio social de los que son dueños de todo, de la materia o de la cultura.

Esta vez los rugbiers fueron demasiado lejos y el crimen brutal no quedará impune. La bronca frente al crimen tiene una pisca de conciencia: no se considera ni deseable, ni normal, ni tolerable que estos rugbiers golpeen y maten, por el solo hecho de ser machos con plata, a un pibe por el solo hecho de ser morocho. Hay acá un punto y un consenso. Bien.

Todo lo que viene después es nebuloso.

Ricos no quieren la pelusa del durazno penitenciario que siempre pidieron

Frente al horizonte más que seguro de una condena severa o severísima sobre los rugbiers, los medios que representan a las concepciones más arcaicas y represivas sobre el rol del Estado, encuentran (¡aleluya!) en sus almas unas migas de compasión. Los mismos que piden cárcel, que claman bajar la edad de imputabilidad y que, por principio, fantasean un mundo con muchos pobres, con pocos ricos y con muchos barrotes que envuelvan a los primeros, muestran su preocupación por el futuro legal de los pibes de Villa Gesell. ¿Qué pasa? ¿Hizo efecto la misa del domingo y ahora sus almas dispensan misericordia?

No. Sucede que esta vez son rugbiers. Se trata de gente de plata. Esta vez la canción habla de ellos mismos. Y a ellos mismos se defienden, claro.

La Nación + hace un bloque para discutir sobre la crisis del sistema carcelario bonaerense con un especialista en sistemas penitenciarios. En un súbito y más que oportuno rapto progresista, este medio consevador descubre con asombro las cárceles atestadas, el hacinamiento, la falta de higiene, la comida podrida, la “justicia extraoficial”, las violaciones, las patotas carcelarias.

Toda la basura que tiene que soportar cada uno de los ladrones de gallinas, portadores de cara o de pobreza que ese periodismo patrullero condena a los socavones penitenciarios, ahora sale a la luz e indigna, porque irán a la cárcel, seguramente, miembros de la clase que no debe estar en las cárceles.

Un doble estándar emerge con toda la fuerza del periodismo clasista: las mismas voces que claman por penas inauditas si se trata de reos de sectores populares, descubre el “garantismo” cuando la Espada de Damocles pende sobre las cabezas de miembros de su ghetto de privilegiados sociales.

Comiéndonos a los caníbales

Una vez un periodista se hizo el irónico y le preguntó a Borges: “Señor Borges, ¿es verdad que en su país todavía hay caníbales?”. Borges le respondió: “Ya no: nos los hemos comido a todos”. Con los rugbiers pasa algo semejante: muchos quieren penar el crimen brutal de estos caníbales comiéndolos.

El brutal crimen de Fernando, además de ricachones que descubren las heces de un sistema penitenciario que buscan fortalecer siempre que albergue a gente que no sea de su clase, también desnudó otro tipo de doble estándar: personas que repudian el horrendo crimen, pero que buscan un condena que no sea una reparación, ni siquiera un castigo: quieren venganza.

Las características del crimen, el clasismo, la violencia “macha”, el odio al pobre, la soberbia social de los asesinos, cosas que acentuamos adrede en este artículo, ayudan a que muchos aumenten su bronca, su indignación, su certeza de que es un asesinato cobarde y aberrante. Pero en muchos casos, como contraparte, se busca el sufrimiento y el tormento (paralegal) como forma de castigo.

Esta es una opinión que sostienen, previsiblemente, sectores manoduristas clásicos, pero también sectores del progresismo, habitualmente sensibles a las brutalidades del sistema penitenciario. El grupo humorista Eameo hizo un meme donde se burlaba de la idea de que los rugbiers fueran violados en la cárcel.

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Tal es la mescolanza que provocó este extraño caso de ricos garantistas y progresistas punitivistas, que Fernando Burlando, amigo de policías, de curas pedófilos y de especies peores, aparece como portavoz de la defensa de los derechos de los sectores vulnerables. Algo huele mal.

Vigilar y castigar y gozar del castigo

El filósofo Michel Foucault, sin ser marxista, teorizó y militó contra el sistema carcelario burgués e hizo una genealogía del sistema carcelario en los distintos momentos de la historia en su famoso Vigilar y Castigar. Ahí Foucault analiza que antiguamente el crimen era considerado una ofensa, un agravio hacia el Rey. Por eso el castigo estaba lejos de ser reparador o ejemplificador: debía ser una marca que el reo la lleve en el cuerpo y que, además, sea pública: que a cielo abierto sea visto lo que sucede al que afrenta de esa manera al orden del soberano. Los tormentos, la tortura, la flagelación y la humillación pública eran la forma que asumía esa revancha.

En la modernidad se comenzó a castigar, según el análisis de Foucault, con una dureza proporcional y acotada. Como se busca la reinserción y no el escarnio, la condena definitiva (perpetua) es considerada contraproducente. Por último, frente a la publicidad ontológica del castigo en la Edad Media, ahora se trata de un castigo es discreto y en penumbras.

Con el crimen de los rugbiers, podríamos decir, emergió una voluntad punitivista con ribetes medievales, siguiendo la genealogía de Foucault. Se busca, en muchos casos, un escarnio público, severo, lo más cercano con la muerte posible, sin llegar a la muerte. Se desea un estado de muerte en vida, un tormento permanente y desproporcionado. Lejos de una visión de la Justicia como reparadora de un crimen y regeneradora de individuos, la condena consiste en una vida que sea un suplicio.

La penalista Claudia Cesaroni hizo una lectura inquietante sobre este caso: “Si los adolescentes imputados por la muerte de otro adolescente son condenados a prisión perpetua, deberían pasar la vida entera presos. No hay -con la legislación actual- ni siquiera posibilidad de libertad condicional a los 35 años. Eso a mí me parece una locura”. Muchas respuestas, incluso varias viniendo desde posiciones progresistas, fueron duras y negativas. Esos asesinos brutales, que tienen entre 18 y 20 años, merecen que su cuerpo experimente todo el sufrimiento posible, partiendo de que pasen en la cárcel el doble de tiempo que lo que llevan vivido.

Las cárceles, está de más decir, son verdaderos antros inhumanizantes, degradantes, sin ningún tipo de contención, sin ninguna posibilidad de regeneración. El que entra torcido sale partido.

Los marxistas y las cárceles

Los marxistas nos oponemos a la tortura carcelaria. No avalamos una institución que no tiene más sentido que ser un hoyo para arrojar pobres, un agujero para convertir en bestias a los presos. Por eso cuestionamos el giro punitivista oculto detrás de la justa indignación con el crimen y del hecho de que hablamos de “pibes bien” matando porque pueden.

Comprendemos y sentimos, claro está, el dolor de los amigos y familiares de Fernando, porque acompañamos a esa juventud que sufre la discriminación en los boliches, por color de piel, o lo que sea.

Pero que como socialistas, que buscamos cambiar de raíz esta sociedad de explotación y discriminación, no podemos estar a favor de la pena de muerte o de la tortura, ya sea estatal o “privada”. Las cárceles, la Justicia y la Policía son instituciones que están para defender a los poderosos, a los dueños de las cosas. Todo deseo de castigar con penas durísimas al crimen de Fernando, basado en muchos casos en la enorme bronca por un asesinato tan cobarde, no terminará más que en una ilusión: el Estado se fortalecerá para condenar a los de abajo y sostendrá su impunidad hacia los que detentan el poder. Así será hasta que derribemos al capitalismo.

Nuestra visión de la violencia, contra toda caricatura del pensamiento socialista, es negativa, puramente defensiva: sabemos que es un método necesario y, fundamentalmente, inevitable en la pelea por erradicar las injusticias, la explotación capitalista, las opresiones de todo tipo que este sistema segrega. Pero no hay ningún regodeo, ninguna jactancia punitivista ni ningún goce, aun cuando se trata de enemigos de clase.

¿Defendemos a los rugbiers? Claro que no: simplemente nos oponemos a creer que penas infinitas en un sistema penitenciario medieval y monstruoso, pueda producir algo positivo. ¿Por qué vamos a avalar este tipo de condenas que ni siquiera se les da, en muchos casos, a militares genocidas? ¿Por qué festejar castigos que no tuvieron ni uno solo de los cómplices civiles y empresariales de la dictadura? ¿Por qué naturalizar las violaciones carcelarias?

Es seguro que con este giro punitivista alrededor del caso de los rugbiers el Estado afile las navajas que usará, claro, nuevamente contra los pobres diablos, los que no tienen nada que son, en definitiva, los que pueblan las cárceles y los pasillos de Tribunales. ¿Por qué, entonces, vamos a bendecir esto?







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